TARUMBA 1956 (II)

11.- Amanece la sangre doliéndome

 

AMANECE LA SANGRE DOLIÉNDOME

y el cigarro amargo.

La herida de los ojos abierta para el alcohol del sol.

Y una fatiga, un cansancio, un remordimiento de estar vivo.

¿A quién le hago el juego, Tarumba?

 

(Perdóname. Tú sabes que digo esas cosas por decir algo.

Es un remordimiento de estar muerto.)

 

Mi mujer y mi hijo esperan allá fuera,

y yo me quejo.

Voy a comprar unas frutas para los tres;

me gusta ver que mi hijo brinca en el vientre de su madre

al olor remoto de los mangos.

 

(Cuando nazca mi hijo, Tarumba, tú le vas a enseñar

los árboles y los caballos.)

 

 

 

12.- Duérmete, mi niño, con calentura

 

DUÉRMETE, MI NIÑO, CON CALENTURA,

con dolor de cabeza,

estírate.

Duérmete con todo el cuerpo, niño,

envidia de los ángeles,

hijito enfermo.

Duérmete sin el grillo,

sin la aguja,

sin hambre.

Duérmete hasta mañana.

Duérmete, duérmete.

Vámonos a dormir,

a dormirnos.

El tubo de la noche, estírate.

Que se diga que julio se duerme.

(Porque en la noche viene Tará

y te quita la enfermedad. 

Luego encendemos el sol

con un cerillo de alcohol.)

Pero duérmete mi niño,

mi pedacito, a dormir,

a dormirse ya.

(Don julito el fanfarrón,

don julito es un fregón.)

Voy a sacudir tu cama:

que no tenga calentura

ni dolor de barriga

ni pulgas.

Aquí pongo este letrero

contra los mosquitos:

que nadie moleste a mi hijo.

Vamos a cantar:

tararí, tatá .

El viejito cojo

se duerme con sólo un ojo.

El viejito manco

duerme trepado en un zanco.

Tararí, totó.

No me diga nada usted:

se empieza a dormir mi pie.

Voy a subirlo a mi cuna

antes que venga la tía Luna.

Tararí, tuí,

tuí.

 

 

13.- La procesión del entierro

La procesión del entierro en las calles de la ciudad es ominosamente patética. Detrás del carro que lleva el cadáver, va el autobús, o los autobuses negros, con los dolientes, familiares y amigos. Las dos o tres personas llorosas, a quienes de verdad les duele, son ultrajadas por los cláxones vecinos, por los gritos de los voceadores, por las risas de los transeúntes, por la terrible indiferencia del mundo. La carroza avanza, se detiene, acelera de nuevo, y uno piensa que hasta los muertos tienen que respetar las señales de tránsito. Es un entierro urbano, decente y expedito.

No tiene la solemnidad ni la ternura del entierro en provincia. Una vez vi a un campesino llevando sobre los hombros una caja pequeña y blanca. Era una niña, tal vez su hija. Detrás de él no iba nadie, ni siquiera una de esas vecinas que se echan el rebozo sobre la cara y se ponen serias, como si pensaran en la muerte. El campesino iba solo, a media calle, apretado el sombrero con una de las manos sobre la caja blanca. Al llegar al centro de la población iban cuatro carros detrás de él, cuatro carros de desconocidos que no se habían atrevido a pasarlo.

Es claro que no quiero que me entierren. Pero si algún día ha de ser, prefiero que me encierren en el sótano de la casa, a ir muerto por las calles de Dios sin que nadie se dé cuenta de mí. Porque si amo profundamente esta maravillosa indiferencia del mundo hacia mi vida, deseo también fervorosamente que mi cadáver sea respetado.

 

 

14.- Dice Rubén

Dice Rubén que quiere la eternidad, que pelea por esa memoria de los hombres para un siglo, o dos, o veinte. Y yo pienso que esa eternidad no es más que una prolongación, menguada y pobre, de nuestra existencia.

Hay que estar frente a un muro. Y hay que saber que entre nuestros puños que golpean y el lugar del golpe, allí está la eternidad.

Creer en la supervivencia del alma, o en la memoria de los hombres, es lo mismo que creer en Dios, es lo mismo que cargar su tabla mucho antes del naufragio.

 

 

 

15.- Ocurre que la realidad

Ocurre que la realidad es superior a los sueños. En vez de pedir "déjame soñar", se debería decir: "déjame mirar".

Juega uno a vivir.

 

 

16.- Soy mi cuerpo

Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.

Que cuando habrá los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.

Quiero dejar de pisar con los pies desnudos el frío. Échenme encima todo lo que tenga calor, las sábanas, las mantas, algunos papeles y recuerdos, y cierren todas las puertas para que no se vaya mi soledad.

Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección.

Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17.- Aleluya

 

Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, coca-cola, zonite, cruz gamada. y me echaría a llorar.

 

Uno puede llorar hasta con la palabra "excusado" si tiene ganas de llorar.

 

Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas, a sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza se café. ("te convido una taza de café con cascaritas de ojo, corazón mío").

 

Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que se raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero, quiero decirte, vida mia, lo agradecido que estoy, por este hígado estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré a tu jardín oculto sin que nadie me viera.

 

Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes -que son estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra- y lo anduve sonando como una sonaja mientras reía. No tengo otro rencor que el que tengo, y eso porque pude nacer antes y no lo hiciste.

 

No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.

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