LA SEÑAL 1951 (II)

6.- A estas horas, aquí

 

Habría que bailar ese danzón que tocan en el cabaret de abajo,

dejar mi cuarto encerrado

y bajar a bailar entre borrachos.

Uno es un tonto en una cama acostado,

sin mujer, aburrido, pensando,

sólo pensando.

No tengo "hambre de amor", pero no quiero

pasar todas las noches embrocado

mirándome los brazos,

o, apagada la luz, trazando líneas con la luz del cigarro.

Leer, o recordar,

o sentirme tufo de literato,

o esperar algo.

Habría que bajar a una calle desierta

y con las manos en la bolsas, despacio,

caminar con mis pies e irles diciendo:

uno, dos, tres, cuatro…

Este cielo de México es obscuro,

lleno de gatos,

con estrellas miedosas

y con el aire apretado.

(Anoche, sin embargo, había llovido

y era fresco, amoroso, delgado.)

Hoy habría que pasármela llorando

en una acera húmeda, al pie de un árbol,

o esperar un tranvía escandaloso

para gritar con fuerzas, bien alto.

Si yo tuviera un perro podría acariciarlo.

Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato

o le diría un cuento

que no dijera nada, pero que fuera largo.

Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero

seguir todas las noches vigilando

cuándo voy a dormirme, cuándo.

Yo lo que quiero es que pase algo,

que me muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

La jaula que me cuente sus amores con el canario.

La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos,

y la dulce luna de mi armario,

que me digan algo,

que me hablen en metáforas, como dicen que hablan,

este vino es amargo,

bajo la lengua tengo un escarabajo.

¡Qué bueno que se quedará mi cuarto

toda la noche solo,

hecho un tonto, mirando!

 

 

 

8.- La cojita está embarazada.

 

La cojita está embarazada.
Se mueve trabajosamente,
pero qué dulce mirada
mira de frente.

Se le agrandaron los ojos
como si su niño
también le creciera en ellos
pequeño y limpio.
A veces se queda viendo
quién sabe qué cosas
que sus ojos blancos
se le vuelven rosas.

Anda entre toda la gente
trabajosamente.
No puede disimular,
pero, a punto de llorar,
la cojita, de repente,
se mira el vientre
y ríe. Y ríe la gente.

La cojita está embarazada
ahorita está en su balcón
y yo creo que se alegra
cantándose una canción:
«cojita del pie derecho
y también del corazón».

 

 

 

 

 

9.- Ésa es su ventana

 

Ésa es su ventana.
Allí la espera el tiempo.
Tras el cristal su rostro
invisible, en silencio.
Me mira, ciega y dulce,
con los ojos abiertos.

La noche está a mi lado,
su ventana está lejos.
Alguien la busca a veces
vestida de negro,
joven madre del luto,
flor del viento.

Sus manos rezan
sobre su pecho.
Y ella, niña, me mira
con sus ojos viejos.
Y yo la busco
dulce, muerto.

En la sombra estaban sus ojos
y sus ojos estaban vacíos
y asustados y dulces y buenos
y fríos.

Allí estaban sus ojos y estaban
en su rostro callado y sencillo
y su rostro tenia sus ojos
tranquilos.

No miraban, miraban, qué solos
y qué tiernos de espanto, qué míos,
me dejaban su boca en los labios
y lloraban un aire perdido
y sin llanto y abiertos y ausentes
y distantes distantes y heridos
en la sombra en que estaban, estaban
callados, vacíos.

Y una niña en sus ojos sin nadie
se asomaba sin nada a los míos
y callaba y miraba y callaba
y sus ojos abiertos y limpios,
piedra de agua, me estaban mirando

más allá de mis ojos sin niños
y que solos estaban, qué tristes,
qué limpios.

Y en la sombra en que estaban sus ojos
Y en el aire sin nadie, afligido, allí estaban sus ojos y estaban
Vacíos.

 

 

 

10.- SIGUE LA MUERTE

 

1

 

No digamos la palabra del canto,

cantemos. Alrededor de los huesos,

en los panteones, cantemos.

Al lado de los agonizantes,

de las parturientas, de los quebrados,

de los trabajadores, cantemos.

Bailemos, bebamos, violemos.

Ronda del fuego, círculo de sombras,

con los brazos en alto, que la muerte llega.

 

Encerrados ahora en el ataúd del aire,

hijos de la locura, caminemos

en torno de los esqueletos.

Es blanda y dulce como una cama con mujer

Lloremos.

Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,

hija de puta, viene.

 

La tengo aquí, me sube, me agarra

por dentro.

Como un esperma contenido,

como un vino enfermo.

Por los ahorcados lloremos,

por los curas, por los limpiabotas,

por las ceras de los hospitales,

por los sin oficio y los cantantes.

Lloremos por mí,

el más feliz, ay, lloremos.

 

Lloremos un barril de lágrimas.

Con un montón de ojos lloremos.

Que el mundo sepa que lloramos aquí

por el amor crucificado y las vírgenes,

por nuestra hambre de Dios

(¡pequeño Dios el hombre!)

y por los riñones del domingo.

 

Lloremos llanto clásico, bailando,

riendo con la boca mojada de lágrimas.

Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos.

Lloremos por el polvo

y por la muerte de la rosa en las manos

Yo, el último, os invito

a bailar sobre el cráneo del tiempo.

¡De dos en dos los muertos!

Al tambor, a la Luna,

al compás del viento.

¡A cogerse las manos, sepultureros!

Gloria del hombre vivo:

¡espacio para el miedo

que va a bailar la danza que bailemos!

 

Tranca la tranca,

con la musiquilla del concierto

¡qué fácil es bailar remuerto!

 

 

2

 

¿Vamos a seguir con el cuento del canto y de la risa?

¡Ojos de sombra, corazón de ciego!

 

Pirámides de huesos se derrumban,

la madre hace los muertos.

Aremos los panteones y sembremos.

Trigo de muerto, pan de cada día,

en nuestra boca coja saliva.

(Moneda de los muertos sucia y salada,

en mi lengua hace de hostia petrificada.)

Hay que ver florecer en los jardines

piernas y espaldas entre arroyos de orines.

Cráneos con sus helechos, dientes violetas,

margaritas en las caderas de los poetas.

Que en medio de este cante

el loco pájaro gigante,

aleluya en el ala del vuelo,

aleluya por el cielo.

 

¡De pie, esqueletos!

Tenemos las sonrisas por amuletos.

¡Entremos a la danza,

en las cuencas los ojos de la esperanza!

 

 

3

 

Hay que mirar los niños en la flor de la muerte floreciendo,

luz untada en los pétalos nocturnos de la muerte.

Hay que mirar los ojos de los ancianos

mansamente encendidos, ardiendo en el aceite

votivo de la muerte.

Hay que mirar los pechos de las vírgenes

delgados de leche

amamantando las crías de la muerte.

Hay que mirar, tocar, brazos y piernas,

bocas mejillas, vientres

deshaciéndose en el ácido de la muerte.

Novias y madres caen,

se derrumban hermanos silenciosamente

en el pozo de la muerte.

Ejército de ciegos,

uno tras otro, de repente,

metiendo el pie en el hoyo de la muerte.

 

 

4

 

Acude, sombra, al sitio en que la muerte

nos espera.

Asiste, llanto, visitante negro.

Agujas en los ojos, dedos en la garganta,

brazos de pesadumbre sofocando el pecho.

La desgracia ha barrido el lugar

y ha cercado el lamento.

Coros de ruinas organiza el viento.

Viudos pasan y huérfanos,

y mujeres sin hombre,

y madres arrancadas, con la raíz al aire,

y todos en silencio.

Asiste, hermano, padre,

ven conmigo, ternura de perro.

Mi amor sale como el sol diariamente.

Cortemos la fruta del árbol negro,

bebamos el agua del río negro,

respiremos el aire negro.

 

No pasa, no sucede, no hablar del tiempo.

Esto ha de ser, no sé, esto es el fuego

-no brasa, no llama, no ceniza-

fuego sin rostro, negro.

Deja que me arranquen uno a

después la mano, el brazo,

que me arranquen el cuerpo,

que me busquen inútilmente negro.

 

Vamos, acude, llama, congrega

tu rebaño, muerte, tu pequeño

rebaño del día, enciérralo en tu puño,

aprisco de sueño.

Dejo en ti, madre nuestra,

en ti me dejo.

Gota perpetua,

bautizo verdadero,

en ti, inicial, final, estoy, me quedo.

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